Hace 150 años que Edgar
Allan Poe (1809-1849) se reunió al fin con la muerte después de buscarla durante
cuatro décadas en el juego, la bebida y todas esas mujeres tan perjudiciales
para su salud. Acostumbrado al éxito literario desde antes de cumplir los
20 años, el maestro del terror y la intriga, recurrió en numerosas ocasiones
al opio y al alcohol mientras componía sus relatos. De delicada salud mental
(murió en medio de un delirium tremens), fue también un temible crítico literario.
Pero mientras fue paseando por el límite -el de la locura y la razón, la belleza
y el horror, la vida y la muerte- fue dejando para los que veníamos detrás
una obra poética y narrativa de una intensidad que apasiona, aturde, maravilla
y horroriza a partes iguales. Sí es cierto que hasta los argumentos de Poe
que más asustaban a sus contemporáneos pueden parecer ahora en la época de
los excesos y la hemoglobina- cuentos de niños. Sin embargo el terror de este
escritor bostoniano se encuentra sobre todo dentro de las almas de sus personajes,
atrapados a veces por su propia maldad o sus miedos. Ahora ha alcanzado por
fin la gloria literaria, principalmente en su país de origen, pero también
en todo el mundo y con enorme fuerza en la red, mundial y americana a partes
iguales, que le dedica un incontable número de páginas.